Trabajar con la muerte les deja para vivir

En todos los casos han aprendido a no sentir dolor, a familiarizarse con los muertos y con la muerte.

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Lunes, Octubre 31, 2011 - 18:30
Puebla, Puebla.- En concordancia con estos días, Lado B le presenta un reportaje con diferentes historias de personas que a diario trabajan con la muerte pasando por las diferentes etapas, la preparación del cadáver, el velatorio, el entierro y hasta la comunicación con los muertos y la vida en “el más allá”. Entre quienes practican estos trabajos hay un común denominador que es el acostumbrarse a tratar con lo que para muchos provoca más miedo en la vida: la muerte.

Se trata de personas convencionales que aceptaron, o decidieron, por diferentes circunstancias, trabajos que muy pocos aceptarían. En todos los casos han aprendido a no sentir dolor, a familiarizarse con los muertos y con la muerte, a convivir con algo con lo nadie quiere enfrentar pero por lo que todos pasamos.

Oficio: maquillar


Eric está parado frente al cadáver de un suicida. Lo mira con la incredulidad de quien a sus ventitantos años no termina de entender porque alguien querría acabar con su vida.

–¿Porqué lo hiciste? ¿Qué te hizo llegar hasta acá? –le pregunta mientras lo viste para su última visita. Una que ya no recordará.

Levanta el cuerpo y le coloca la camisa que la familia trajo. Pasa un brazo por la manga. Abrocha el botón del puño. Pasa el otro y repite la operación. Se detiene y vuelve a preguntarle:

–¿No hubo otro camino? –para fortuna de Eric no habrá respuesta alguna. Después él comienza a contarle lo que le pasó de camino al trabajo mientras termina de preparar el cuerpo.

Lo que Eric hace tiene un nombre, le llaman tanatoestética. Es decir la limpieza y preparación del cuerpo para la despedida final, taponar los orificios corporales, maquillar para tratar de extender la ilusión de vida unas horas más y perfumar para evitar cualquier mal olor. El embalsamado no está en sus manos, aclara, de eso se encarga una doctora que inyecta sustancias químicas para detener el proceso de putrefacción de órganos por 24, 36 y hasta 72 horas según sea necesario.

Eric no sabe si llegará a dominar también esa parte pues tiene poco más de un año trabajando esa funeraria y su preparación académica fue para trabajar como informático pero el desempleo lo llevó por esa ruta.

Aunque, aclara, siempre le llamó la atención la criminología y aunque no llegó  a estudiarla ahora trabaja con muertos.

“Al principio si recibes un impacto fuerte, no sé como describirlo, pero si es duro pensar que tienes enfrente a alguien con quien pudiste platicar o tal vez sólo ver pasar y luego lo tienes en la plancha, pero te vas a acostumbrando”.

“Es raro, reconoce, manipular cadáveres. Sientes como se va enfriando el cuerpo, como pierde su movilidad. Lo mejor es dejar de pensar en eso, hacer de cuenta que trabajas un muñeco de tal forma que no entres en pánico. El chiste es enfocarte en el trabajo para no entrar en pánico”.

En el poco tiempo que lleva preparando y trasladando cuerpos no ha enfrentado aún “situaciones raras”, aunque sí fuertes impresiones cuando le ha tocado trabajar en algún accidente: “a esos sí te los puedes llevar a casa, estas tranquilo, como si nada, y de pronto te llegan los recuerdos de lo que viste, pero en los casos de muerte natural no”.

Y apunta: “Muchos luego cuando me preguntan en dónde trabajo, y cuando les digo sí se paniquean. Yo era de esas gentes que decía como voy a trabajar en algo así, pero luego te acostumbras, se vuelve un trabajo más. Claro debes hacerlo con mucho cuidado y mucho respeto, pero es eso, tan sólo otro trabajo.

Oficio: llorar


Ellas son las plañideras. Mujeres que se alquilan para llorar en funerales. Y aunque la costumbre ha caído en desuso todavía se practica en algunas poblaciones de México. Eso sí, que nadie se confunda, las plañideras se contratan en pompas fúnebres de altos vuelos, de gente pudiente. Aquí no aplica eso de que los ricos también lloran, pues contratan a gente que lo haga por ellos y no simples sollozos, por supuesto, sino efectivos lamentos con tremendos lagrimones que antes se recogían en unos vasos llamados lacrimatorios, que supuestamente se enterraban junto con el difunto.

Se trata de un oficio muy antiguo. Según el profeta Jeremías, el Dios de Israel mandó a su pueblo a hacer venir lloronas –que él llama lamentatrices- para expresar de un modo más enérgico la desolación que debía causar al pueblo judío la devastación de Judea.

Una de las más curiosas y originales profesiones desempeñadas por las mujeres del antiguo Egipto era la de plañideras. Eran ellas las encargadas de dejar constancia pública del duelo de los familiares, demostrando con su presencia el importante nivel de status que habría llegado a alcanzar en vida la persona objeto de su llanto. Aunque ocasionalmente llevaban la representación al extremo con lamentos, gritos estentóreos y descontrolados, dándose golpes en el pecho, echándose tierra sobre la cara, cabeza y cuerpo o jalándose el cabello.

Escenas significativas de plañideras ejerciendo su oficio se pueden encontrar por ejemplo en las paredes de diversas tumbas del Reino Nuevo; la más famosa de todas es la del visir de Amenhotep III, Ramose.

La práctica de las plañideras también era común en Grecia y Roma; después se extendió a España.

En el siglo XIII el caballero Sancho Sáiz de Carrillo ordenó decorar su sepulcro con seis tableros de mujeres y hombres que lloraban su muerte.

Las plañideras o lloronas fueron tradición en los ritos funerarios españoles, aunque no sólo lloraban, también entonaban cantos fúnebres, loaban y hacían panegíricos de los difuntos, y aunque la práctica se intentó prohibir en el siglo XV, ésta continúo hasta nuestros días.

En México el oficio se popularizó en el siglo XVII.

En San Juan del Río, Querétaro, hasta hace un par de años se hacía un concurso de plañideras. Mujeres vestidas de negros con velos de encaje del mismo color cubriendo sus rostros lloraban ante un féretro vacío para competir por diez mil pesos (por cierto, uno de ellos fue ganado por una mujer que lloró la muerte de Vicente Fox).

Las rezanderas


Esta sí es un todavía una práctica común: la mujer a la que se le paga para que rece el rosario en los funerales. Regularmente es alguien que tiene contacto con la funeraria o con el sacerdote, no hay tarifas fijas sino que se deja al criterio de los deudos.

También ofrecen sus servicios en los panteones, durante los días de muertos, donde cobran de 30 a 50 pesos, dependiendo del tipo de letanía.
Mely Arellano, Ernesto Aroche, Josué Mota, Xavier Rosas / Lado B
@xolecita_me
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Quienes practican estos trabajos tienen que acostumbrarse a controlar sus miedos. Foto: fernandosandovaljr.blogspot

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